Antes y Después del Chino
Desespero por un cigarrillo. Anteayer sacrifiqué mi dólar de la suerte: la última cajetilla del mes. De modo que comienzo a buscar colillas en el pavimento para aprovechar lo que sobre de tabaco o, en el peor de los casos, el amargo filtro. Una costumbre de cierto personaje de Kerouac: ¿En el Camino?, ¿Los Subterráneos? O Ribeyro en París, según cuenta en Sólo para Fumadores. Pero la berma central de la avenida Arequipa se muestra inusualmente limpia, inconveniente para mis propósitos. Resuelvo torcer en Emilio Fernández. Apenas doblo la esquina, en las faldas de un cajero automático, me espera un cigarrillo completo, intacto, sin pisotear. Sólo es un barato Hamilton pero qué diablos; mejor dicho, un bendito Hamilton, un regalo del cielo... ¿una señal de la Providencia? Cargo con un walk-man Sony digital que, cuando lo compré, era el último grito de la tecnología en este tipo de trastos. Me ha durado como diez años. Escucho una cinta, pirata, por supuesto, y la etiqueta kitsh, plena de colores, reza “The Grates Heats of the Bettles” (así en el original). Pienso en la complicada o mezquina tarea que debió haber sido seleccionar apenas doce canciones de un total de, qué se yo, ¿cuántas canciones tendrán los Beatles?, ¿un centenar?, ¿cuántos discos?, ¿diez, doce?, ¿cuántas canciones por disco?, ¿diez en promedio?, ¿cuánto es doce por diez? Si yo acometiera mi propia selección, mi “antología personal” tipo Borges, seguro que los temas escogidos no serían menos de treinta.
Pienso también en la antología de mis cuentos. Me han pedido sólo doce. De igual modo, sería muy complicado elegir sólo doce cuentos de un total de, ¿cuántos tengo?, ¿cuántos reposan, se empolvan, se añejan, y duermen el sueño de los justos en la caja de Leche Gloria bajo mi camastro? ¿Cincuenta? ¿Sesenta? Sin duda: es imposible. Por otro lado, si finalmente cayera en la tentación de confeccionar tan injusta antología, debo pensar en el tiempo que me tomaría, primero, revisar la totalidad de mis relatos para elegir los pasibles de publicación (si es que no todos), y, segundo, el tiempo que me demandaría volver a corregirlos. La primera etapa, conjeturo, implicaría no menos de ¿dos?, ¿tres?, ¿cuatro meses de compulsiva lectura diaria? Y el proceso de corrección, calculo, si cada cuento me exige, por lo general, un mes entero, y teniendo en cuenta que se trata de doce textos, digo que la corrección, entonces, redundaría en un año completo de trabajo. En suma, aproximadamente, preparar la antología de mis cuentos me debería costar un año y medio.
Pero la editorial no lo entiende. Me ha impuesto tres meses de plazo. Saldaña es un pobre imbécil. ¿Qué sabe él de literatura? ¿Habrá escrito alguna cosa digna de publicación en toda su perra vida? No es más que un capitalista que todo lo ve números. Y quiere engordar sus arcas y sus ancas a costa mía. Seguro que, en este momento, apura un trozo de bife o demora su capuchino en el Haití mientras yo vagabundeo por la ciudad en busca de colillas. Si quiere esperar, que espere. Terminaré cuando termine, como dijo Miguel Ángel. Además, la suya no es la última editorial sobre la tierra. Por ejemplo, mi compañero de facultad y gran amigo Daniel Sarria dirige el sello “El Unicornio Alado” y me ha ofrecido publicar mis escritos cuando yo lo desee. ¿Qué más da una editorial u otra? Finalmente, el público lector reconocerá mi talento. La cubierta, el empaque, la envoltura son sólo detalles.
Siguiendo por Arenales y a un paso de toparme con la plaza Washington, aparece de pronto, nervioso, distraído, nada menos que el Chino Villegas. Está igualito: mi compinche de legendarias travesuras en el Quinto B. Lo veo cruzar la calle y detener un taxi. Yo cruzo también e intento sorprenderlo por atrás, hincando su espalda con mi dedo índice para simular un revólver o una navaja. El Chino voltea bruscamente y casi me golpea. No me reconoce. Abre con torpeza la puerta del Tico y se sienta de inmediato sin discutir la tarifa. Es comprensible: han pasado más de diez años desde que terminamos la secundaria. Por otro lado, lo reconozco, mis trazas no inspiran mucha confianza que digamos: mi barba de dos meses, mi sobretodo grasiento, los lentes parchados con cinta aislante... Finalmente, mirándome a los ojos desde el taxi que se demora en partir, el Chino logra reconocerme. Sonríe a medias. Baja sin mucha convicción pero, luego de los saludos protocolares, me propone unas cervezas para recordar los viejos tiempos. Acepto: intuyo que correrá con todos los gastos.
Caminamos por Natalio Sánchez, frente a la plaza, y nos ocultamos en un discreto pero elegante cafetín. El mozo lo saluda con familiaridad. Me explica que trabaja en el piso ¿diez?, ¿once?, ¿doce? del edificio que se alza sobre nosotros y que almuerza justamente ahí, en el “Henry’s”, casi todos los días. El Chino viene a ser el asesor financiero o algo parecido de la embajada de ¿Israel?, ¿Inglaterra?, ¿Suiza?, y apenas salió del colegio ingresó a la Católica para estudiar Contabilidad. Se casó y tuvo dos hijos. Yo, le dije, todavía curso Literatura en San Marcos y no hago otra cosa que escribir. No estoy casado. Escribo cuentos. Aún no publico. No, Chino, yo no escribo cuentos infantiles. ¿Blancanieves y Los Siete Chanchitos? No, Chino, yo escribo cuentos para adultos: para tipos como tú, digamos. Y los cuentos son algo así como novelas pequeñitas... en términos simples. No, Chino, Coelho no. Bayly tampoco. Bueno, quizá Vargas Llosa. Ribeyro, Chino, ¿nunca lo leíste? ¿Ni en el colegio? No, pues, no son Los Gallinazos sin Nido. No, Chino, tampoco están Hambrientos. Y La Ciudad no es Ancha ni Ajena. Sí, claro que hay Perros pero no es lo mismo... La verdad, no sé nada de la promoción. ¿Pedro? ¿Saúl? ¿Guevara?... ¿La chata, la gorda, la perra?... No, pues, qué mier... será de sus vidas.
En esas estamos, ciertamente ya picados y fumando esos cigarrillos importados de cinta dorada entre el tabaco y el filtro, cuando el Chino me suelta las siguientes tres preguntas aparentemente casuales e inocentes pero que a la larga resultarán trascendentales.
Pregunta uno: ¿qué estás escuchando en esos audífonos pegados con cinta scotch? Le respondo que los Beatles. Él se acuerda de inmediato de todas aquellas noches que pasamos en la casa del Negro Guevara jugando cartas, viendo pornos y escuchando a los Beatles. Me confiesa que en esa época no le gustaban mucho, que simplemente los toleraba para no chocar con el gusto mayoritario, pero que ahora, finalmente, se han convertido en una obsesión y que se ha comprado, no sé cómo, todos los discos en vinilo. Y que nosotros somos los culpables de su adicción. Replico que yo todavía estoy muy lejos de ser un beatlemaniaco como él y que ese cassette lo encontré por casualidad en la casa de mi hermana, donde a veces caigo para gorrear un poco de comida.
Pregunta número dos: ¿qué estás escribiendo ahora? Le respondo que, casualmente, mi último cuento tiene mucho que ver con los Beatles. Que mi personaje es un fanático, hasta la caricatura, y que mi propósito inicial, por otro lado, fue tramar un argumento a partir de la canción Eleanor Rigby. Y que, además, el protagonista frecuenta un pub llamado “Honey Pie” donde los nombres de todos los cocteles se inspiran en canciones de los Beatles. No, Chino, ahora no podemos ir. No, Chino, ese pub no existe. Sí, Chino, los escritores tenemos la costumbre de inventar cosas y no copiar las que ya existen... en términos simples.
Me dice entonces que se le acaba de prender el foco. Exige dos botellas más, entusiasmado, y me cuenta que comenzó a ahorrar desde que salió del colegio y que ya tiene un capital ciertamente considerable como para poner un negocio; el problema es que no sabe cuál. A estas alturas, yo ya estoy borracho y, la verdad, no entiendo gran cosa de su verborrea febril sobre costos, beneficios, préstamos, permisos, sueldos, ganancias, etc., etc. A medias escucho al Chino, a medias a los Beatles.
Pero la tercera pregunta me quita el sopor etílico de golpe, y debo bajar el volumen de mi walk-man para que me la repita: oye, compadre, si ese bar beatle no existe, ¿por qué no lo hacemos realidad?
***
A la semana siguiente nos volvimos a encontrar, otra vez en el Henry’s, y en voz alta debí leer el cuento susodicho. El Chino quedó boquiabierto. Dos meses después alquilamos (es decir, el Chino alquiló) la primera planta de una vieja casona de dos pisos en República de Chile, a cinco o seis cuadras del Henry’s. Las remodelaciones comenzaron de inmediato y yo me encargué de supervisarlas: el Chino, debido a los trajines de la embajada, no podía visitar el local con mucha frecuencia. Demás está decir que yo nunca puse un centavo: él siempre me decía que las grandes ideas también valen dinero y que yo era nada más y nada menos que el creador, el autor intelectual del Honey Pie. Creador, autor intelectual... hace tiempo que esperaba esos piropos pero sólo con respecto a mis cuentos. El caso es que abandoné la corrección de mi libro cuando tuve que ocuparme totalmente del negocio.
Una vez se inauguró el Honey Pie, yo tuve que atender la caja mientras el Chino se encargaba de los asuntos administrativos y del manejo de las finanzas a distancia. Durante los seis primeros meses, debo decir que las ganancias fueron mínimas y que apenas pudimos sufragar el alquiler y los sueldos de las dos meseras. La concurrencia era exigua y eso me permitió volver, de cuando en cuando, a la corrección de mis relatos detrás de la máquina registradora. Eso, cuando no cortejaba a Penny: dos piernas pálidas y turgentes bajo el mandil amarillo. Pero, muy cerca de las navidades, las cosas comenzaron a mejorar. Y yo dejé de escribir definitivamente. El Honey Pie se abarrotaba, especialmente los fines de semana, y ya no me quedaba tiempo libre entre la atención de la caja y la supervisión de las meseras. Sólo usaba la pluma para firmar cheques y llenar facturas.
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Han pasado ya casi dos años desde aquel encuentro fortuito y trascendental con el Chino Villegas. Ya no fumo colillas pisoteadas: ahora fumo habanos y, a veces, incluso algo de hierba con los muchachos de la discoteca del segundo piso. Me casé con Penny, una de las meseras, que naturalmente ya no lo es: ahora se dedica a las labores domésticas y a la crianza de mi primogénito. El Honey Pie ha crecido considerablemente. Al principio no era más que un pequeño y discreto cafetín; hoy es un restaurante-bar-discoteca-librería de tres pisos y estoy meditando comprar la peluquería del costado para abrir una tienda de discos. Ahora yo, personalmente, debo tomar todas las decisiones.
El Chino Villegas ya no viene por aquí y sólo se conforma con recibir su porcentaje mensualmente. Que no es poca cosa, por supuesto, pero el pobre tiene que hacer malabares para costear los gastos astronómicos de la clínica. Y es que el Chino, hasta no hace mucho, no dejaba pasar un fin de semana sin tragar hasta el vómito y beber hasta la inconsciencia. Incluso, algunas veces mandó cerrar el Honey Pie para agasajar a sus compañeros de trabajo. (Cuando esto sucedía, yo, discretamente, me ocultaba en el sillón de la librería y me dedicaba a contemplar el humo serpenteante de mi habano; esto, cuando no acosaba a Rita, la mesera de las madrugadas.) Los años también pasan la factura, Chinito. La última vez que lo vi, se apareció con 10 kilos menos. Estoy yendo al gimnasio, bromeaba. Fue necesario un cólico infernal para someterse recién al cuidado de un especialista. Lleva dos meses internado. Llamó por teléfono anteayer: siempre optimista, prometió celebrar su “libertad” apenas salga de la clínica. Es ahora su esposa quien viene regularmente a preguntar por el cheque.
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Han pasado quince años desde aquel encuentro fortuito y trascendental con el Chino Villegas. Sin duda, antes del Chino, todo era diferente; después del Chino, nada fue igual. Supongo que le agradeceré toda la vida. Lamentablemente, la solución a su tragedia escapa completamente de mis manos. No es una cuestión de dinero y por eso no le puedo devolver el favor. Hace unos seis meses y medio, el diagnóstico final arrojó un cáncer al estómago muy avanzado. Pero aún sobrevive, para sorpresa de los médicos. Sobrevive de milagro; por razones no medibles, no cuantificables. O quizá por su infinito optimismo, no lo sé. Me llamó el viernes: se supone que debo estar muerto, ¿no crees que deberíamos celebrarlo?
Son las diez de la mañana y todavía no aparece ningún cliente. Es domingo. Yo estoy en la librería del fondo, tomándome un Blackbird (un expresso) y comiéndome un Strawberry Fields (postre de fresas) para rematar los Little Piggies (piqueo de chicharrones) que acostumbro desayunar después de cada sábado farragoso. Hojeo la última Newsweek donde se informa del divorcio entre Paul McCartney y la modelo inválida Heather Mills (perdón: "Sir" Paul McCartney... ¿no fue Lennon quien, en nombre de los cuatro, rechazó la condecoración de la reina Isabel?). Además de los libros, álbumes de fotos y cancioneros, tenemos todas las revistas, en cualquier idioma, que tengan alguna relación con los Beatles. Dejo la Newsweek: todavía no domino el inglés y la traducción se me hace tediosa. Me levanto y bostezo. Aún es temprano y el público no llegará sino hasta el mediodía. Me entretengo probando puntería con los dardos: el bull es una foto de Yoko Ono repleta de insultos anotados por los primeros parroquianos. Luego voy al baño, al cabo de un largo corredor oscuro cuyas paredes rezan The Long and Winding Road y Across the Universe.
Subo al segundo piso, la discoteca, y encuentro a los mozos ocultando los residuos de la juerga de anoche. Me detengo en una mesa llena de copas y colillas. Siento la tentación de coger un cigarrillo abandonado a la mitad pero me contengo. Reparo en que casi todas las copas exhiben rastros de cerveza y cuba libre, y que sólo una, casi llena, contiene la especialidad de la casa: el célebre Lucy in the Sky with Diamonds (Lucy es la cereza, Diamonds los hielos, y Sky es una azulina mezcla de licores que, bromeando, yo llamo “absinto” pero nadie me entiende). Es cierto que dicho trago es relativamente costoso –quince soles la copa- pero también es cierto que el grueso de mi clientela –y lo corrobora un estudio de mercado- bien puede darse el gusto de probarlo sin refunfuñar. Supongo que no se dan el gusto porque no tienen buen gusto. Pienso que, de un tiempo a esta parte, los asistentes al Honey Pie ya no son los cuatro gatos maltrajeados y de escaso poder adquisitivo de los comienzos. Eran pobretones, sí, pero también, para ser justos, beatlemaniacos a rabiar como nos esperábamos. En cambio, ahora recibimos una parvada de falsos yuppies ignorantes que apenas si saben el nombre exacto de los Fab Four y ni siquiera son capaces de cantar el coro de Love Me Do. El ochenta por ciento viene sólo por novelería. Pienso que hasta el empleado que escudriña los inodoros sabe más de los Beatles que estos nuevos ricos que apenas si saben hablar bien el castellano. Quizá deberíamos reservarnos el derecho de admisión. Quizá deberíamos tomar un examen de mínima cultura beatle antes de autorizar el ingreso. No lo sé.
Enciendo un habano. Una serpiente de humo denso recorre todo el salón, flotando sobre la cabeza de mis empleados, y se pierde en el laberinto de soportes metálicos, cables y tambores de luz que cubren el techo. Hago un cálculo mental del monto invertido en todo eso que el Chino define como “activos fijos” (con esa cantidad me hubiera comprado un departamento en Miraflores... no se lo diré a Penny).
Pienso también que, la verdad, si no fuera por estos noveleros, el Honey Pie seguiría siendo un pequeño y triste cafetín. Y yo seguiría mosqueándome detrás de la caja registradora. O el cafetín tal vez ya hubiera quebrado. Entonces yo seguiría buscando colillas en el pavimento. Y seguiría corrigiendo infinitamente mis relatos mediocres para un libro que tal vez nunca se publicaría. O, más bien, si el negocio nunca producía ganancias, yo hubiera terminado publicando mis cuentos en la editorial de mi amigo Sarria. Y quizá no me hubiera ido tan mal. No lo sé. Pero, sin duda, incluso en el mejor de los casos, no tendría la cuenta corriente que manejo ahora.
Me distraigo en tales cavilaciones, aspirando mi habano en el marco de la ventana que mira a República de Chile (por donde antaño yo vagabundeaba en busca de colillas), cuando el cajero sube corriendo para informarme sobre una llamada urgente. Bajo con calma, asentando los talones en cada peldaño de fierro, repasando las imágenes de las paredes (portadas de vinilos y curiosas fotos de la banda que me costó mucho conseguir) y pensando que el Honey Pie no fue creado para ese ochenta por ciento de yuppies noveleros sino, más bien, para ese veinte por ciento de beatlemaniacos como el Chino y como yo (exactamente, un 18.5% según el estudio de mercado). En última instancia, ahora que reparo en ello, el Honey Pie fue creado realmente para nosotros mismos. Como un libro. Porque uno se engaña pensando que escribe para un enorme público objetivo, cuando, finalmente, el único lector que cuenta es el propio autor. Tampoco importa, entonces, que mis mamotretos no sean leídos por nadie más que yo. No tengo por qué convertirme en un Paperback Writer. Pero... la verdad, hace años que no escribo. Lo recuerdo con precisión: interrumpí mi libro para las navidades del 2002, justo cuando el cafetín comenzó a prosperar. Supongo que ya es hora de volver a hacerlo. El negocio parece muy sólido y no es indispensable que me multiplique para que marche debidamente. Como dijo Roberto Arlt, la estabilidad económica también es necesaria para hacer buena literatura. Ahora dispongo de mucho tiempo libre. Y no tengo la presión de publicar para vender porque mis inconvenientes económicos están resueltos. Al menos por el momento.
Cojo el teléfono. Es la esposa del Chino. Me dice que falleció a las tres y cuarto de la madrugada y que el velorio será esta misma tarde, a las seis, en la iglesia María Reyna del óvalo Gutiérrez. Cuelgo. No sé cómo reaccionar. Es decir, no puedo reaccionar. Intento imaginarme el rostro cadavérico del Chino y el llanto de su esposa arrodillada a los pies de la cama. También recuerdo vagamente un cuento de Cortázar sobre un pato muerto inundado de hormigas pero el título se me escapa. Sólo puedo pensar en números; es decir, los números comienzan a bailar en mi cabeza. La verdad es que estoy pensando en el futuro del Honey Pie. Estoy pensando en mi futuro inmediato. Estoy pensando en el testamento, si es que lo hay: hace dos meses el Chino me dijo que lo estaba considerando pero que la doña se oponía cada vez que se lo mencionaba. Estoy calculando si la muerte del Chino es rentable o no. ¿Y si la doña hereda su porcentaje? ¿Y si la doña, peor aún, no se conforma con el porcentaje que, valgan verdades, ya es bastante cuantioso? ¿Y si decide asumir un papel activo en la administración del negocio? Mejor no pienso: me preocuparé cuando haya realmente necesidad de hacerlo. Por último, me busco un abogado para que me asesore al respecto.
Paso por la cocina y me sirvo un té cargado con Taste of Honey. Noto la ausencia del habano en mis labios. Debí dejarlo en la caja, al costado del teléfono. Regreso sobre mis pasos. No está; más bien, sin saber por qué, de modo inconsciente, me llevo el talonario de facturas. Quizá el habano se quedó en la discoteca pero me da flojera subir las escaleras. Regreso a la librería. Un Hamilton intacto, sin encender, ocupa el cenicero cristalino. Volteo: un tipo enternado se desliza por el Long and Winding Road. Qué diablos: sólo un par de pitadas. Hace mucho que no pruebo un cigarrillo. Me hundo en el sillón y vuelvo a la Newsweek. ¿En qué página me quedé? ¿25, 35, 52? No. Cierro la revista. Sin ninguna intención precisa, comienzo a garrapatear el reverso del talonario de facturas con una mezcla de números y frases sueltas. Caigo dormido muy pronto.
ANÓNIMO